No es mucho lo que se pueda decir de poder observar a tu hijo disfrutando libremente de la tierra que te vió nacer. El habla traiciona, al enmudecer las palabras. Allí cerca de la costa,bañado por las aguas del atlántico, entre cordillera y puro olor a campo verde, se vislumbra el pueblo de Miches. Parece sacado de un cuento de García Márquez. Su Iglesia frente a un mal llamado Mar con características propias de playa en plena calle principal. Su parque, sin muchas pretensiones pero cómplice de la historia de varias generaciones, sus calles perfectamente alineadas y sus casas de frentes bien cuidados con flores silvestres que alegran el atardecer. Ha cambiado mucho desde mis 8 años, sin embargo, el atardecer es el mismo y su cielo sigue siendo el protagonista por sus noches estrelladas. Fui privada de su historia, de su gente y sus hazañas. A no ser por mis padres, pocos de esta nueva generación sabrían de mi. De repente viendo a mi pequeño revolcarse deliberadamente en polvo y salitre, jugando con cualquier niño que se prestara a sonreír, ahí, con mis ojos fijos a su risa que se apropiaba del ambiente de la cancha entre el parque y el Mar, me dí cuenta que él, en tan solo segundos había disfrutado a plenitud lo que a mi la memoria me pretendía borrar. Esas tardes soleadas pero de brisas frescas caminando de mi casa a la farmacia de mis padres, los Domingos del play, mi madre se encargaba del atuendo apropiado para que fuera con mi padre y hermano silla en manos al escenario más imponente que conocía; ese enorme campo verde que hasta hoy me cautiva el alma. Aquel recital como madrina de algún equipo que no recuerdo cual, ese amigo de mi padre que se encargó que lo memorizara no importando la estrofa elegida para iniciar. Las tardes de lectura, Memín, Fuego, El Llanero Solitario, fueron mis grandes obras literarias, las intercambiabamos en una especie de club. De fuego surgió mi inquietud por el pueblo haitiano y lo extravagante de su historia. El recorrido por las iglesias, aprendí tanto de Dios en cada congregación que me tocó visitar. Mi escuela, la Adventista, recuerdo su patio lleno de vendedores en el recreo, los amigos sin importar clase social, las horas de biblia, la curiosidad por el bautisterio de la iglesia, los paseos a rios (la Playa no era el encanto) y esas 6 de la tarde anunciada por la sirena del pueblo que hacia juntar a todos los escolares de camino a sus casas. No recuerdo haber visto un papá, ese camino lo recorriamos solos, con sombrilla en manos y cada aventura en las esquinas. Todo el pueblo nos supervisaba de camino a casa. De Miches recuerdo los vendedores de "chinas", manies y dulces, los amigos de mis padres que entraban y salían de la casa, recuerdo un ambiente de camaradería, tertulias políticas, de baseball, softball y cuentos de hazañas del pueblo. Las lluvias fuertes, tronadas y relámpagos y una calle que de polvorienta pasaba puro lodo en aquel entonces. Los pleitos con mi hermano (todos originados por mi), mis historias cortas en papel , mis aventuras en el patio, y mis berrinches con mi mejor amiga y mi vecina de enfrente. Mis abuelos, más bien bisabuelos a quienes llamaba cariñosamente mamá y papá (Los Viejos). Sus complicidades y ñoñerias, los gatos de la casa de los viejos que terminamos heredando, los pollitos de colores maravillosamente pintados cuyo encanto se perdía al verlos crecer y nuestro flamante perro chivi el cual sinceramente me parece que solo llegó a querer a mi madre. Hoy 24 años después me doy cuenta que me fui y creo que lo olvidé... Al menos el Miches que me vió crecer, no el que visito cada temporada, sino al que le debo mucho de mi por no decir la gran parte de mi. Hoy bastó ver a mi hijo disfrutando lo que dejé para darme cuenta que siempre valdrá la pena volver. Que nunca es tarde para re encontrar eso que perdimos en nuestra infancia, de re capitular a partir de esos momentos de sueños, de aventuras e inocencia, de abrazar a los que nos abrazaron, de extendernos a devolver algo de aquello que nos brindó nuestra comunidad. Esta noche viendo a través de mi ventana, la misma que de pequeña miraba con temor en las madrugadas, me doy cuenta que volví a reconocer el encanto de ese pueblo escondido de todo y exclusivamente nuestro. De ese rincón que me hizo desarrollar grandes historias y tejer miles de sueños, de ese pueblo que hoy clama por mucho más y donde todos los compueblanos debemos estar dispuestos a dar. Definitivamente Eugenio Miches se llevó un gran honor al nombrar este pedacito cerca del Mar. Yo me llevo un gran honor al saberme de aquí, la única en casa con marca de origen Made in Miches.
Admiro a quien ha fallado y sabe rectificar,a quien ha herido y se atreve a pedir perdón, al que cae y reune las fuerzas para levantarse, a quien contra todo pronóstico emprende un camino sin temor a devolverse. Reconozco un gran valor en quien no teme a equivocarse por expresar lo que piensa, siempre que lo haga respetando el derecho de los demás, a quien puede cambiar de opinión sin prejuicios, a quien ríe sin motivo aparente, al que escucha atento antes de hablar. Me encantan los que motivan, aquellos que no conocen la envidia, los que se entregan, los que no esperan sin tener que dejar de dar. Admiro a los auténticos , esos que su fuerza está en la simpleza de la humildad, a los que no siguen el resto, sino el fundamento de su felicidad.
Me emocione tanto leyendo que me dejaste sin palabras,con tantos sentimientos encontrados que no se cual expresar... :)
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