Quinientos años, al inicio la misma historia, la misma sangre, la misma tierra con iguales dueños, el aborigen "Indio", Taino, Arawak y Caribe, cinco cacicazgos; Haití o Babeque, tierra de ensueño bañada por dos océanos y un hermoso mar, con una extensa cordillera que la cruza sin importar nacionalidad, oronda la isla entre dos colosas masas de tierra continental, sostenidas por la misma simiente, la misma raíz separada por el destino, por cuestiones políticas ajenas a las tierras de ultramar, hoy geográfica y políticamente dividida en dos naciones, dos grupos culturales que lucharon separadamente por su identidad, por su libertad, por el derecho a elegir su destino conforme a sus creencias y necesidades, por ser pueblos libres con igualdad, sin opresión de naciones extrañas alejadas a su realidad. Así nacen Haití y República Dominicana, naciones hermanas, con historias entrelazadas, permanentemente unidas, tan solo 360 kilómetros de cauce y caliche la separan y sin embargo tan distantes, tan ausentes y tan desesperadamente ignorantes la una de la otra.
Nosotros, Quisqueya, 22 años de ocupación por parte del entonces naciente Estado haitiano nos justifican para enarbolar un patriotismo mal manejado y para que mediante historias, aquellas que se cuentan por generaciones, ahondemos en una división de espíritu que no es el fin de toda revolución, que cosechemos desconfianza ante los habitantes de aquel pueblo hermano y que cada día ensanchemos mucho más las líneas imaginarias que se marcan para dividir La Española en dos.
Ellos, Haití, por razones que a medias algunos alegamos conocer, mantienen su mirada reservada con aire de desconfianza, como aquel que busca con recelo algo que ha perdido, con un pedazo de historia que algunos de su lado no quieren contar o simplemente quieren borrar. Los pueblos de hoy no son culpables de sus historias, si bien es cierto no podemos mirar el futuro sin referencia del pasado, mucha realidad es que quedarnos en el pasado es ponerle trabas al futuro.
La realidad de los pueblos varia y con ello su gente. Las historias de revoluciones y ocupaciones es un tema que ha tocado la generalidad de las naciones de América debiendo servir como referencia del valor de la identidad y la independencia de las sociedades, como precedente de la división geográfica de un pueblo pero nunca para una división de alma y espíritu, nunca para ausencia cuasi absoluta en todos los aspectos de unas sociedades que en lugar de mirarse a la cara voltean sus espaldas para no cruzar las miradas y ver sus realidades. Nunca debemos olvidar que fuimos gente que nacimos de una misma tierra, no vinimos de ningún lado, simplemente fuimos ocupados y nuestros destinos fueron culturalmente separados por rumbos diferentes.
(Redacto Enero 2010 antes del sismo)
Nosotros, Quisqueya, 22 años de ocupación por parte del entonces naciente Estado haitiano nos justifican para enarbolar un patriotismo mal manejado y para que mediante historias, aquellas que se cuentan por generaciones, ahondemos en una división de espíritu que no es el fin de toda revolución, que cosechemos desconfianza ante los habitantes de aquel pueblo hermano y que cada día ensanchemos mucho más las líneas imaginarias que se marcan para dividir La Española en dos.
Ellos, Haití, por razones que a medias algunos alegamos conocer, mantienen su mirada reservada con aire de desconfianza, como aquel que busca con recelo algo que ha perdido, con un pedazo de historia que algunos de su lado no quieren contar o simplemente quieren borrar. Los pueblos de hoy no son culpables de sus historias, si bien es cierto no podemos mirar el futuro sin referencia del pasado, mucha realidad es que quedarnos en el pasado es ponerle trabas al futuro.
La realidad de los pueblos varia y con ello su gente. Las historias de revoluciones y ocupaciones es un tema que ha tocado la generalidad de las naciones de América debiendo servir como referencia del valor de la identidad y la independencia de las sociedades, como precedente de la división geográfica de un pueblo pero nunca para una división de alma y espíritu, nunca para ausencia cuasi absoluta en todos los aspectos de unas sociedades que en lugar de mirarse a la cara voltean sus espaldas para no cruzar las miradas y ver sus realidades. Nunca debemos olvidar que fuimos gente que nacimos de una misma tierra, no vinimos de ningún lado, simplemente fuimos ocupados y nuestros destinos fueron culturalmente separados por rumbos diferentes.
(Redacto Enero 2010 antes del sismo)
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