Dos frases recuerdo de mi abuela paterna. Ella fue enfática al decirme que no estaba de acuerdo con ningún tipo de opresión. La otra fue mirando al viento. Como si nadie la escuchara, entre sus dientes rumoreo: Dolor ajeno no quita sueño... Su repertorio era vasto, pero esas dos quedaron deambulando en mi cabeza como si las hubiera dicho para que nunca las olvidara.
Hoy entre una cosa y tantas recordé esa última frase como una manera de reflexionar sobre la necesidad constante que tenemos de ser socorridos por un pie de amigo para poder sonreír. Esos amigos siempre estarán y debemos nosotros servir en el mismo sentido para otros, sin embargo, debemos reconocer que, con la ayuda de Dios, siempre será nuestra responsabilidad, buscar la manera de levantarnos a nosotros mismos y ser felices. Nuestra felicidad no esta sujeta a nadie, sino que probablemente dependerá de la reacción que causan nuestras acciones en los demás. La felicidad no esta en recibir, sino en dar y para ellos debemos estar en capacidad de tomar conciencia de nosotros y aprender a valorarnos en la manera que fuimos creados y formados por el medio ambiente que nos rodea. Esa valoración siempre incluirá el auto perdón y la aceptación.
Conocernos y aceptarnos es fundamental para buscar alcanzar un equilibrio emocional y poder ofrecer a los demás lo mejor de nosotros mismos. En la medida que nos amamos y nos sentimos bien con lo que somos, empezaremos a disfrutar pequeñas cosas, a afligirnos y preocuparnos menos por otras y a regalarnos detalles que alimentan nuestra alma y fortalecen el espíritu reconociendo en Dios la grandeza de su creación.
Esta noche, cansada del afán del día, con miles de cosas por resolver y empapada bajo la fuerte lluvia mientras esperaba por entrar a la casa, decidí no resistirme al momento y rendirme ante el torrente. Tras años sin bañarme bajo la lluvia me di el chance de disfrutar de ella. Para cuando me abrieron la puerta había olvidado porque esperaba y sobre todo, borre por completo la necesidad de ser socorrida en todo lo que me esperaba para poder cerrar el día. En un instante hice una cita conmigo misma y decidí sonreír. Solo me tomó unos minutos, entonces porque esperamos? hagámonos el día y aprendamos a reír con nosotros mismos.
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