El viaje tenía tiempo estructurándose en mi mente. La situación del pueblo haitiano y el estado habitual en tierra dominicana, la crecida del lago Enriquillo, causando pérdidas a los agricultores y preocupación a científicos de Rep. Dominicana y Puerto Rico sobre el desborde de lo que bien podría ser síntoma de una posible reubicación del caudal original hacia las Caritas de los Indios, de lo que fue el brazo de Mar que entraba por la Sierra de Bahoruco desde Haití. Posteriormente, el aterrador sismo que con furia levanto las raíces del pueblo haitiano y que hasta hoy no han podido avanzar más allá de lo que le permite un 15% sobre el valor total de las donaciones hechas por la comunidad internacional.
El recorrido fue fantástico desde el punto de vista de las vías que comunican las provincias y los pueblos entre sí. Poco tránsito, al parecer por el feriado. Supongo que los turistas prefieren otras zonas del país. Salvo la ruta de Jochy Santos (El Sur también existe) y unos que otros turistas locales independientes, que nos cruzábamos entre un punto y otro, las vías lucían desoladas si comparamos con el trayecto a la zona Norte y Este del país.
San Cristóbal, la nueva carretera a Baní, Cruce Ocoa y su parada concurrida por compueblanos de regreso a sus tierras, Azua y las delicias autóctonas que nos reciben como bienvenida (A Dios gracias que nos abastecimos), de entrada en Barahona; Quita Coraza, Vicente Noble, un desvió hacia la Provincia de Bahoruco con la intención de bordear el Lago Enriquillo. Ahí inicia el paisaje de esta primera parte del Sur Profundo; sus montañas, sus cruces, bateyes, las miradas de su gente que sonreían o decían adiós a nuestras miradas atentas. Sus paradas de algún tipo de transporte quizás perteneciente al ingenio Barahona, parecían sacadas de la novela Over de Marrero Aristy. La mano de obra haitiana, tal vez por el feriado de Las Mercedes, escasamente se veía; uno que otro extranjero retornando a algún punto.
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Galván (Sierra Neyba)
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El Saldado (Bahoruco)

Las Marias (Galván)
Tamayo, Galván , Neyba, Villa Jaragua y Postrer Río, entre montañas, plátanos y a simple vista arena seca que se levantaba con la brisa. Más arriba montañas rocosas. Se empezaba a mostrar oronda la sierra de Neyba o quizás una parte del a Cordillera Central. Junto al verde se veían pedazos de loma descubierta y un fuerte olor a tronco quemado, daba señales de cierta labor de tala de árboles para fines comerciales. Un señor de paso por la carretera próximo a Las Marias me lo confirmó, asegurando que MIMAREMA estaba haciendo su trabajo, al tiempo que argumento que las escasas lluvias impedían el reestablecimiento de los árboles cortados.
En el trayecto de Neyba y Villa Jaragua el paisaje va cambiando, montañas de rocas y plantaciones de plátanos. Ya cuando se está en La Descubierta, en la zona comercial del Lago, es mucho más fresco. En Neyba se empieza a visualizar el lago Enriquillo. Se muestra entre casas y plantaciones. Desde ahí hasta Jimaní, Provincia Independencia, no se pierde de vista. Inmenso! Es evidente su crecida y como ha arropado las palmas y otros árboles que empiezan a mostrarse como restos dentro del agua.
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Lago Enriquillo (La Azufrada)
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Lago Enriquillo (La Descubierta-Jimaní)

Iguanas (La Azufrada)
Los manantiales azufrados fueron cubiertos por el caudal del Lago Enriquillo, lo confirmamos con el guardián que habita entre Iguanas y vendedores de sombreros en La Azufrada, un poco más allá de las Caritas. De frente la Isla Cabritos, demasiado tarde para visitarla, amen de pocos turistas que no hacían valer la pena el viaje. Me sorprendió ver familias acomodadas dejándose seducir por la belleza del Sur y sus paisajes impresionantes, tanto que nos ponen a pesar sobre la magnificencia de Dios en sus obras.
Luego de bordear el Lago Enriquillo justo a su mitad, detenernos a recoger caracoles e inspeccionar todos los parques con sus tarimas de fiestas patronales, al fin, después de tantos deseos de ver con mis ojos la situación de los pueblos del Sur Profundo y luego de casi más de 20 años sin pisar la frontera, estuve ahí. En medio de un tornado que duro cerca de 2 minutos y con el Sol a media asta por las lluvias que iniciaban, cerca de las 4:30 PM estaba frente a una gran montaña que parecía un cuadro de óleo perfectamente diseñado y casi a sus pies la franja de algún lago que al parecer también se desbordaba.
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(Jimaní- Campamentos ayuda damnificados)
La escena estaba acompañada por una gran cantidad de polvo, furgones de ayuda extranjera, sobre todo con productos nacionales. Nacionales dominicanos y haitianos desmontando provisiones para pasar alimentos a los damnificados. Gente del pueblo acostumbrados a esa actividad que atraía la mirada de curiosos “turistas” sin nada que aportar (entre ellos yo), es la imagen que en ese momento quedo frisada en mi rostro. Jimaní, el pueblo de la frontera que más tránsito de personas ha visto en lo que va de año, estaba ahora de frente a mí.
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El casco urbano no es nada del otro mundo. Un poco más de lo que pensé encontrar, pero aún así, muy pobre para ser cabecera de Provincia. Entre camionetas de la ONU, furgones de ayuda y uno que otras personas en recorrido de visita, estaba su gente. Nada de aquello servía para levantar al pueblo de su miseria. Escasos dominicanos y haitianos, se paseaban por las calles luego del tornado que me borró la sonrisa y el deseo de seguir por un instante. Pude ver como allí dominicanos y haitianos, comparten la vida sin tomar en cuenta de que lado de nación se está. Sentada mientras tumbaba el polvo de mis hombros, escuche con curiosidad como un maestro dominicano (eso me dijo después), propietario de un colmado no muy surtido que me salvo de una migraña, conversaba con un niño de nacionalidad haitiana en su propio idioma. Hablaban con mucha cercanía mientras el niño se buscaba unos pesos lavando mi vehículo. Entre tanto pasaba una señora vendiendo algo en la calle y varios le saludaron como al parecer era habitual. Otra vez en el idioma de la hermana nación. Allí la pobreza no tiene nacionalidad. Tampoco creo que haya miedos de invasiones o unión de isla. Ese tema al parecer queda reservado para ciertos sectores locales e internacinales así como de los poco o muchos que nos preocupamos por la situación de cargas económicas y diferencias culturales.
Jimaní asi como esa parte de la frontera requiere mayor inversión, condiciones de salubridad, recreo, educación, centros de cultura y puestos de trabajo, que eviten el estancamiento de un pueblo en el olvido o la inmigración de su gente a otros zonas centricas del país. Se requiere cercanía y lazos de conexión con este lado del mundo.
Finalmente, terminando el recurrido, tuvimos la intención de cooperar con la limpieza mundial de las playas. Un viaje muy pretencioso para tan corto tiempo (menos de 48 Hrs.). Lamentablemente la coordinación no fue muy buena para lo de las playas, pero pudimos apreciar el hermoso paisaje que recorre la carretera de Barahona rumbo a Pedernales y recoger una que otras botellas de aquellas playas no tan sucias y un tanto diferentes a las del resto del país.
Barahona (rumbo a Pedernales)
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Playa El Quemadito Barahona
Recogida basura playa Hotel
Costa Larimar
En este viaje me dí cuenta que la frontera no solo son esos 388 kilómetros de distancia entre Haití y Rep. Dom. En nuestra patria tenemos muchas fronteras que dividen pueblos dentro de Provincias y Provincias dentro del país. De barrios que son otro mundo dentro de la capital y de estatus sociales que cada día se separan más por la barrera del rico y pobre y una llamada clase media que se debate entre la vida y la muerte, entre un escalón y otro.
Nuestro pedazo de isla esta lleno de pueblos, parajes, distritos municipales que requieren de la atención no solo del Estado y sus dependencias, sino de cada uno de nosotros. Este país esta lleno de miradas escondidas en las montañas y valles, que tienen el mismo derecho que todo aquel que puede servirse de una educación y de necesidades básicas para al menos sonreír. Cuestiones básicas que los gobiernos, del color que fueren, están llamados a cubrir por encima de cualquier necesidad privada, empresarios o no. Los votantes somos los responsables de que esto se pueda cumplir y así construir un país para todos.
Mientras, puedo decir, que la verdadera República Dominicana, está mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y para eso es necesario transitar entre polvo y montañas, entre carreteras destruidas y poblaciones desoladas. Es necesario palpar la realidad de niños descalzos, de techos en tierras, de calles polvorientas y de pequeños parques que se levantan para indicar que se ha llegado a un nuevo pueblo, a un nuevo lugar, a nuevas necesidades, a sueños construidos y no concluidos de la juventud que representa el futuro de cada Municipio.
Definitivamente vale la pena volver, esta vez con más tiempo y en días no feriados, así poder apreciar la zona en un día de actividad normal. Nos faltó inspeccionar Pedernales, Laguna de Oviedo y Bahía de las Águilas. Luego de eso, sería una visita al Sur Profundo (II), al que llamo el Profundo y un poco más olvidado; Dajabón y Elías Piña.
El turismo interno es una forma de estar presente, de ayudar, de conocer la realidad de un país que a veces ignoramos y percibimos solo en función de nuestra realidad. Vale la pena darnos un poco más.
El recorrido fue fantástico desde el punto de vista de las vías que comunican las provincias y los pueblos entre sí. Poco tránsito, al parecer por el feriado. Supongo que los turistas prefieren otras zonas del país. Salvo la ruta de Jochy Santos (El Sur también existe) y unos que otros turistas locales independientes, que nos cruzábamos entre un punto y otro, las vías lucían desoladas si comparamos con el trayecto a la zona Norte y Este del país.
San Cristóbal, la nueva carretera a Baní, Cruce Ocoa y su parada concurrida por compueblanos de regreso a sus tierras, Azua y las delicias autóctonas que nos reciben como bienvenida (A Dios gracias que nos abastecimos), de entrada en Barahona; Quita Coraza, Vicente Noble, un desvió hacia la Provincia de Bahoruco con la intención de bordear el Lago Enriquillo. Ahí inicia el paisaje de esta primera parte del Sur Profundo; sus montañas, sus cruces, bateyes, las miradas de su gente que sonreían o decían adiós a nuestras miradas atentas. Sus paradas de algún tipo de transporte quizás perteneciente al ingenio Barahona, parecían sacadas de la novela Over de Marrero Aristy. La mano de obra haitiana, tal vez por el feriado de Las Mercedes, escasamente se veía; uno que otro extranjero retornando a algún punto.
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Galván (Sierra Neyba)
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El Saldado (Bahoruco)

Las Marias (Galván)
Tamayo, Galván , Neyba, Villa Jaragua y Postrer Río, entre montañas, plátanos y a simple vista arena seca que se levantaba con la brisa. Más arriba montañas rocosas. Se empezaba a mostrar oronda la sierra de Neyba o quizás una parte del a Cordillera Central. Junto al verde se veían pedazos de loma descubierta y un fuerte olor a tronco quemado, daba señales de cierta labor de tala de árboles para fines comerciales. Un señor de paso por la carretera próximo a Las Marias me lo confirmó, asegurando que MIMAREMA estaba haciendo su trabajo, al tiempo que argumento que las escasas lluvias impedían el reestablecimiento de los árboles cortados.
En el trayecto de Neyba y Villa Jaragua el paisaje va cambiando, montañas de rocas y plantaciones de plátanos. Ya cuando se está en La Descubierta, en la zona comercial del Lago, es mucho más fresco. En Neyba se empieza a visualizar el lago Enriquillo. Se muestra entre casas y plantaciones. Desde ahí hasta Jimaní, Provincia Independencia, no se pierde de vista. Inmenso! Es evidente su crecida y como ha arropado las palmas y otros árboles que empiezan a mostrarse como restos dentro del agua.
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Lago Enriquillo (La Azufrada)
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Lago Enriquillo (La Descubierta-Jimaní)

Iguanas (La Azufrada)
Los manantiales azufrados fueron cubiertos por el caudal del Lago Enriquillo, lo confirmamos con el guardián que habita entre Iguanas y vendedores de sombreros en La Azufrada, un poco más allá de las Caritas. De frente la Isla Cabritos, demasiado tarde para visitarla, amen de pocos turistas que no hacían valer la pena el viaje. Me sorprendió ver familias acomodadas dejándose seducir por la belleza del Sur y sus paisajes impresionantes, tanto que nos ponen a pesar sobre la magnificencia de Dios en sus obras.
Luego de bordear el Lago Enriquillo justo a su mitad, detenernos a recoger caracoles e inspeccionar todos los parques con sus tarimas de fiestas patronales, al fin, después de tantos deseos de ver con mis ojos la situación de los pueblos del Sur Profundo y luego de casi más de 20 años sin pisar la frontera, estuve ahí. En medio de un tornado que duro cerca de 2 minutos y con el Sol a media asta por las lluvias que iniciaban, cerca de las 4:30 PM estaba frente a una gran montaña que parecía un cuadro de óleo perfectamente diseñado y casi a sus pies la franja de algún lago que al parecer también se desbordaba.
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(Jimaní- Campamentos ayuda damnificados)
La escena estaba acompañada por una gran cantidad de polvo, furgones de ayuda extranjera, sobre todo con productos nacionales. Nacionales dominicanos y haitianos desmontando provisiones para pasar alimentos a los damnificados. Gente del pueblo acostumbrados a esa actividad que atraía la mirada de curiosos “turistas” sin nada que aportar (entre ellos yo), es la imagen que en ese momento quedo frisada en mi rostro. Jimaní, el pueblo de la frontera que más tránsito de personas ha visto en lo que va de año, estaba ahora de frente a mí.
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El casco urbano no es nada del otro mundo. Un poco más de lo que pensé encontrar, pero aún así, muy pobre para ser cabecera de Provincia. Entre camionetas de la ONU, furgones de ayuda y uno que otras personas en recorrido de visita, estaba su gente. Nada de aquello servía para levantar al pueblo de su miseria. Escasos dominicanos y haitianos, se paseaban por las calles luego del tornado que me borró la sonrisa y el deseo de seguir por un instante. Pude ver como allí dominicanos y haitianos, comparten la vida sin tomar en cuenta de que lado de nación se está. Sentada mientras tumbaba el polvo de mis hombros, escuche con curiosidad como un maestro dominicano (eso me dijo después), propietario de un colmado no muy surtido que me salvo de una migraña, conversaba con un niño de nacionalidad haitiana en su propio idioma. Hablaban con mucha cercanía mientras el niño se buscaba unos pesos lavando mi vehículo. Entre tanto pasaba una señora vendiendo algo en la calle y varios le saludaron como al parecer era habitual. Otra vez en el idioma de la hermana nación. Allí la pobreza no tiene nacionalidad. Tampoco creo que haya miedos de invasiones o unión de isla. Ese tema al parecer queda reservado para ciertos sectores locales e internacinales así como de los poco o muchos que nos preocupamos por la situación de cargas económicas y diferencias culturales.
Jimaní asi como esa parte de la frontera requiere mayor inversión, condiciones de salubridad, recreo, educación, centros de cultura y puestos de trabajo, que eviten el estancamiento de un pueblo en el olvido o la inmigración de su gente a otros zonas centricas del país. Se requiere cercanía y lazos de conexión con este lado del mundo.
Finalmente, terminando el recurrido, tuvimos la intención de cooperar con la limpieza mundial de las playas. Un viaje muy pretencioso para tan corto tiempo (menos de 48 Hrs.). Lamentablemente la coordinación no fue muy buena para lo de las playas, pero pudimos apreciar el hermoso paisaje que recorre la carretera de Barahona rumbo a Pedernales y recoger una que otras botellas de aquellas playas no tan sucias y un tanto diferentes a las del resto del país.
Barahona (rumbo a Pedernales)
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Playa El Quemadito Barahona
Recogida basura playa Hotel
Costa Larimar
En este viaje me dí cuenta que la frontera no solo son esos 388 kilómetros de distancia entre Haití y Rep. Dom. En nuestra patria tenemos muchas fronteras que dividen pueblos dentro de Provincias y Provincias dentro del país. De barrios que son otro mundo dentro de la capital y de estatus sociales que cada día se separan más por la barrera del rico y pobre y una llamada clase media que se debate entre la vida y la muerte, entre un escalón y otro.
Nuestro pedazo de isla esta lleno de pueblos, parajes, distritos municipales que requieren de la atención no solo del Estado y sus dependencias, sino de cada uno de nosotros. Este país esta lleno de miradas escondidas en las montañas y valles, que tienen el mismo derecho que todo aquel que puede servirse de una educación y de necesidades básicas para al menos sonreír. Cuestiones básicas que los gobiernos, del color que fueren, están llamados a cubrir por encima de cualquier necesidad privada, empresarios o no. Los votantes somos los responsables de que esto se pueda cumplir y así construir un país para todos.
Mientras, puedo decir, que la verdadera República Dominicana, está mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y para eso es necesario transitar entre polvo y montañas, entre carreteras destruidas y poblaciones desoladas. Es necesario palpar la realidad de niños descalzos, de techos en tierras, de calles polvorientas y de pequeños parques que se levantan para indicar que se ha llegado a un nuevo pueblo, a un nuevo lugar, a nuevas necesidades, a sueños construidos y no concluidos de la juventud que representa el futuro de cada Municipio.
Definitivamente vale la pena volver, esta vez con más tiempo y en días no feriados, así poder apreciar la zona en un día de actividad normal. Nos faltó inspeccionar Pedernales, Laguna de Oviedo y Bahía de las Águilas. Luego de eso, sería una visita al Sur Profundo (II), al que llamo el Profundo y un poco más olvidado; Dajabón y Elías Piña.
El turismo interno es una forma de estar presente, de ayudar, de conocer la realidad de un país que a veces ignoramos y percibimos solo en función de nuestra realidad. Vale la pena darnos un poco más.
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